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Hoy, por segunda vez, me siento a escribir esta Historia en Movimiento (la primera vez se me borró por un volcamiento de memoria del sistema). Soy parte de la diáspora venezolana esparcida por el mundo. Mis padres me colocaron por nombre Oscar Enrique Padrón Ostos y en la actualidad me encuentro residiendo en Quito – Ecuador. Nací en Caracas en la célebre maternidad Concepción Palacios en el año 1968.  Este 25 de noviembre debo arribar a mis 49 años de vida. He vivido intensamente, conocí una Venezuela de abundancia en los años 70 y 80, así como pude ver el ocaso de una época.

Estudié entre Caracas, Maracay y Margarita. Desde temprana edad, he formado parte del Movimiento Scout. Muy joven ingresé a la Universidad y desde luego, muy joven egresé de las aulas universitarias. Tengo múltiples profesiones, lo cual muestra las posibilidades del desarrollo y oportunidades que ofrecía Venezuela.

En Venezuela, antes de tomar la decisión de emigrar definitivamente, me dedicaba al desarrollo profesional libre, asesorando a empresas de forma integral, haciendo una mezcla de ingeniería, ambiente y derecho; tratando de ayudar a muchos empresarios venezolanos a llevar por buen rumbo sus empresas. Los motivos o catalizadores para tomar la decisión de emigrar con mi familia fueron los niveles de inseguridad y el haber sido objeto del hampa desatada, sumado al desasosiego de ver cómo poco a poco el Estado fue cerrando las oportunidades individuales para el desarrollo de las ideas e iniciativas de emprendimiento.

Todo comenzó con un largo periplo con mi esposa para buscar dónde volver a comenzar y alcanzar la paz para poder brindarles un futuro a nuestros hijos más pequeños. Para ello, nos fijamos la estrategia para salir de Venezuela de forma ordenada y sin mayores traumas.

Después de viajar por varios países, no lográbamos ponernos de acuerdo en qué país establecernos. Mi actual esposa es de familia muy numerosa y los sitios que planteaba ella era porque tenía familiares, pero ya previamente conocía esos países y sabía que no podrían brindarnos o asegurarnos garantías para vivir allí. Además, debíamos sopesar la edad, el poco capital que contábamos porque decidimos no vender ninguna propiedad en Venezuela rematándolas, además las posibilidades de venta eran mínimas.

En septiembre del 2015, le indiqué a mi esposa que en los primeros días de diciembre saldría de Venezuela con rumbo a Ecuador, país que reunía las condiciones mínimas que podían asegurar vivir fuera de Venezuela. De allí se derivó legalizar y apostillar todos los documentos; aunque conseguíamos cita para apostillar rápido no lográbamos legalizar los títulos universitarios.

Designios de Dios, faltándonos dos semanas para la cita de apostillar, me llama un cliente en la madrugada de un domingo. Al escuchar por el auricular, me indica que tenía un problema, me dice que había chocado y que aparentemente, según él, había heridos graves. Le dije que se quedara en el sitio y que iría a auxiliarlo; me vestí y fui ayudarlo. Al llegar se retuvieron los vehículos involucrados y se llevaron a los heridos a centros hospitalarios. Después de resolver todo el caos, mi cliente me dice que fue culpa de él y que negociara con el afectado, que pagaría todos los daños y que se encargaría de la recuperación médica. Gran sorpresa, cuando abordo a la persona que chocó, era un chofer de un asistente del Ministro de Educación Superior; hablamos de la reparación de daños y se firmó un acuerdo reparatorio.

En mi mente gravitaba que me iba y esa era la oportunidad de que me legalizaran mis documentos. En una semana se resolvió todo; hablé con la persona que era asistente en el Ministerio de Educación Superior. El hombre me dijo que, para mostrar su gratitud, le llevara los títulos universitarios para legalizarlos. Pues bueno, llevamos los títulos míos y de mi esposa, “firmaron hasta las carpetas”. A todas estas, fue un golpe de suerte tener los títulos al momento de apostillar; eran nuestro salvoconducto para poder arribar a Ecuador y obtener una visa migratoria profesional con tiempo ilimitado.

El 2 de diciembre del 2015 estábamos en el aeropuerto unos amigos, mi esposa y una de mis hijas para despedirnos y salir. Llevaba aproximadamente unos 200 Kg de carga metidos en unos chorizos o talegas que usan los marinos. Pues bien, llevaba equipos, herramientas, inventario y cinco ideas en mente de cómo arribar a Ecuador y establecernos bajo la idea de poder desarrollar un emprendimiento urgentemente.

Llegué al aeropuerto de Quito a las 2:00 am del 3 de diciembre del 2015. Lo primero fue pasar por la aduana. Estaba algo temeroso pero los mismos guardias me ayudaron a cargar los bolsos y pasarlos por el escáner. No me dijeron nada, me ayudaron a montarlos en carritos y me dieron la bienvenida. Al pasar me sentí aliviado, de todas formas, tenía preparado el argumento del menaje de casa.

En el aeropuerto, pasé el resto de la noche acostado sobre las talegas, esperando un transporte de buses, debía ahorrar al máximo. Pasé al centro comercial frente al aeropuerto y procedí a sacar del cajero Pichincha 200 dólares, que la tarjeta de crédito me permitía sacar en aquel entonces. Seguidamente, al ser la hora de embarque me aproximaba al bus cuando me abordó un taxista y me indicó que me podía llevar a Quito por 15 dólares. Le dije que ya compré boleto, el taxista me indicó que el boleto tenia duración de un año y como volvería a buscar a mi esposa e hija todo cuadraba.

Al subir al taxi lo primero que vi fue el Valle de Cumbayá. El señor me indico que allí vivían los pelucones y bla, bla, bla. Llegamos a mi destino y estaba cerrado, pensé que no había nadie. A las 8 am llegó un carro que tenía la llave del portón al abrir, salió un viejito con barba blanca y empezó a regañarme porque no había tocada el timbre, pero el timbre estaba full escondido. Ese viejito tiene por nombre Angelito y de verdad en términos literales es un Ángel.

Había llegado a la Asociación de Scouts del Ecuador; desde Venezuela los había contactado y me ofrecían una habitación con baño, wifi y dónde cocinar por 5 dólares diarios. En el plan estaba quedarme una semana, pues bien, me quedé un mes. Ángel, el viejito gruñón conserje de la Asociación, empezó a explicarme todo lo referente al Ecuador, historia, sitios, vocablos, costumbres, qué podía y no podía hacer. Cual discípulo de Karate Kid con Miyagi, escuchaba con atención y aprendía; con paciencia el viejito fue enseñándome, corrigiéndome el tono de voz, la forma de vestir, la manera de interactuar ubicarme en mi nuevo contexto.

Al acostarme, no veía que amaneciera. Debía actuar rápido y seguro, tenía la tarea activar el plan y las ideas de cómo mantenerme en Ecuador y traer a mi familia. En dos semanas se logró obtener el reconocimiento de los títulos y la visa y cédula. Se consiguió un departamento el cual me devolvieron el dinero después de cerrar el trato; hubo que buscar otro que sí se cristalizó, y superó en creces el primero y se ajustaba mejor al plan. Se consiguió un departamento con 5 habitaciones, tres baños y excelente ubicación a un excelente precio, producto de que los anteriores inquilinos lo habían destruido; pero tenía una excelente ubicación.

Durante dos semanas estuve arreglando el departamento, pintándolo, arreglando el sistema eléctrico, aguas servidas, arreglando puertas y llaves de agua. Comencé activar la primera idea alquilar habitaciones; todo el dinero que traía lo invertí en alquilar, acondicionar el departamento y amoblarlo, todo fue logrado con 2000 dólares. La idea funcionó, dos de las habitaciones las renté fijas y tenía cómo pagar las mensualidades, las otras tres habitaciones las alquilaba itinerante por días, usando la plataforma Air BNB a turistas. Algunas noches dormía en la sala, pero en poco tiempo tenía el dinero para traer a mi familia.

A la semana de estar en el departamento recibo una llamada del 911. El Ángel había caído del cielo, el viejito gruñón había caída de un árbol y había que auxiliarlo. Salí a buscar un taxi y al llegar al sitio no podía entrar, busqué saltar el portón de entrada, conseguí a mi samaritano en el piso, lo auxilié y a los pocos minutos llegó la ambulancia; lo llevamos a un hospital, lo esperaba el médico en la puerta, inmediatamente lo metieron y lo atendieron. Al rato me fueron a buscar a la entrada, me dieron unos récipes y me explicaron a dónde debía dirigirme, me dieron todas las medicinas. Ángel estaba asegurado por el seguro social, allí comprendí, cómo debía funcionar un país; le colocaron un yeso, el médico me informó que no podían operarlo por lo avanzado de su edad y que debía cuidarlo. Allí se selló nuestra amistad.

Ya han pasado casi tres años, casi toda mi familia está en Ecuador. Poco a poco se fue estableciendo el tejido social alrededor de nosotros. Mis hijas estudian en excelentes escuelas; una en el Colegio Benalcázar, todos nos dicen que nos sacamos la lotería. La otra hija mía estudia en el Mariana de Jesús. Nos mudamos a una estupenda casa y tenemos una oficina donde desplegamos nuestras profesiones. Vivimos tranquilos. Hoy soy instructor Nacional de la Asociación de Scouts del Ecuador. Viajo por todo el país formando nuevos dirigentes. Estamos en una dinámica de vivir con oportunidades y todos los días ir a su encuentro.

Gracias Ecuador. Sí se puede obtener un nuevo hogar; es lograble si entendemos y respetamos la cultura y las formas cómo viven la sociedad que nos acoge y con humildad nos insertamos en ella.

Estamos pensando en naturalizarnos ecuatorianos.

Acerca del Autor | oscarpadron

Presidente Migrante Universal

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